Gestionar una rabieta en mitad de la calle, ¿misión imposible?

Gestionar una rabieta en mitad de la calle, ¿misión imposible?

Texto: Arancha Cuéllar, de La Casita de Pez Austral Fotos: La Casita de Pez Austral. Freepik

Establecer límites y normas es absolutamente esencial en los primeros años de vida. Sin embargo, los niños no siempre los entienden y, en ocasiones, surgen las rabietas.

Aquí tenemos que poner en práctica nuestra arma fundamental: la paciencia.

Pongámonos en situación. Vamos por la calle y a la hora de cruzar, el peque andarín decide que se para, que no quiere seguir andando, se niega a darnos la mano o a agarrarse a la sillita… Le pedimos que continuemos, que vamos a cruzar, pero no quiere. Le insistimos, pero no hay nada que hacer. Sabemos que, de un momento a otro, la negativa se transformará en llanto y pataleo. Quizás esté cansado, quizás tenga hambre… Porque detrás de esa rabieta siempre suele haber una causa que es hasta donde nosotras debemos llegar para poder abordarla.

En ese momento, ya sabemos que tardaremos un poquito más en llegar a casa, pero que hasta que no gestionemos la situación no habrá posibilidad de seguir adelante.

¿Misión imposible? No. Pero, sinceramente, fácil tampoco es.

No le gritaremos. No le ignoraremos. No le impediremos que llore cuanto necesite. No le agarraremos de la mano y tiraremos de él. No le dejaremos que se salga con la suya cruzando solito porque sabemos que es peligroso. No le dejaremos abandonado y seguiremos adelante como si no existiera. Ni le ofreceremos un premio con tal de que se calle. Cualquiera de estas situaciones no hará más que agravar la situación.

¿Cómo lo haremos entonces?

Nos pondremos a su altura, es decir, nos agacharemos. Empatizaremos con él. Validaremos sus emociones: “Entiendo que te sientas mal porque sé que estás cansado y tienes hambre, pero para llegar a casa, necesitamos cruzar. Y los coches son peligrosos si lo hacemos solitos. Ahora puedes hacer dos cosas: o darme la manita a mí o agarrarte a la silla. ¿Qué te apetece más?”.

Le permitiremos llorar. Le mostraremos cómo cruzan otros niños con sus mamás. Seremos creativas. Les hablaremos de esa comida tan rica que hemos preparado y nos espera en casa calentita cuando lleguemos después de haber cruzado la calle.

Y al ratito, cuando se le esté pasando, le ofreceremos un abrazo. A veces funciona, a veces no. No pasa nada.

Lo más importante, nos mantendremos firmes, pero sin perder los papeles, y entendiendo que parte de nuestro trabajo como madres de día es ayudarles a madurar.

Ni una sola vez nos hemos quedado eternamente en la calle intentando cruzar. Siempre lo hemos acabado consiguiendo. Eso sí, a veces con más paciencia que el Santo Job.

Los límites y normas son, en definitiva, parte esencial de nuestro trabajo y, como tales, hemos de entenderlos e interiorizarlos para que la armonía sea una constante en nuestras casitas. Dicen que este trabajo es puramente vocacional. Y claro que lo es. De otro modo, imposible imaginar de otra forma la gestión de una rabieta.


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